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ROMINA RIVERO artista contemporánea, art contemporary, aliento vital,vacío,dualidad, libertad

romina

rivero

mujo _de la impermanencia, 2022
mujo _de la impermanencia, 2022

instalación de dimensiones variables 100.000 varillas de bambú tintadas

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mujo _de la impermanencia, 2022
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instalación de dimensiones variables 100.000 varillas de bambú tintadas

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mujo _de la impermanencia
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instalación de dimensiones variables 100.000 varillas de bambú tintadas

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mujo _de la impermanencia
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Reconocer la herida y sanarla por NEREA UBIETO (comisaria de la exposición)

Romina Rivero es una mujer sensible en el más puro sentido del término. La palabra viene del latín –sensibilis– y significa «que puede percibir sensaciones». Su capacidad para detectar cambios se manifiesta en relación a otros cuerpos, individuales o colectivos, pasados o presentes, materiales o espirituales. El resultado es una obra que traduce todo este potencial mediante una estética de la sutilidad y la intuición. Desde esta perspectiva, es normal que al llegar a la residencia artística Konvent (Berguedà, Barcelona) se sintiese profundamente interpelada. El centro ocupa los edificios de una antigua colonia textil en desuso, Cal Rosal, cuya historia se remonta a mediados del S. XIX cuando los hermanos Rosal instalaron una fábrica en unos terrenos al lado del río Llobregat para aprovechar la energía del agua. La industria se amplió y la colonia incorporó arquitecturas y servicios a su alrededor: las viviendas para los trabajadores, la iglesia, el convento, el hospital, el cine, etc. A finales de siglo, las hermanas carmelitas gestionaron el convento que sirvió como residencia obrera de las jóvenes trabajadoras, así como de escuela para los niños y comedor. Durante la guerra civil la dirección de la colonia pasa a manos de un comité del CNT (Confederación Nacional del Trabajo), reutilizando el espacio como refugio y lugar para asambleas republicanas. Al finalizar la contienda regresan los amos, las monjas y la educación religiosa. La colonia vive una época de esplendor laboral hasta que en los 80 comienza una crisis que desemboca en el cierre definitivo de la fábrica en 1992.

Este conjunto de elementos históricos y humanos sirvieron a Romina Rivero de revulsivo inmediato y base para llevar a cabo el presente proyecto en el que se despliegan la totalidad de sus intereses en torno a las formas de control de la vida y los cuerpos. Por un lado, la estructura de la colonia remite al paradigmático modelo de disciplinamiento foucaultiano dividido en instituciones de poder. La artista selecciona y fotografía cuatro localizaciones –la fábrica, las viviendas, el hospital y la capilla– representativas de tales autoridades para localizar los daños, sanarlos y dignificarlos a través del arte. No olvidemos que los espacios son cuerpos que contienen otros cuerpos –visibles o invisibles– y, su energía, comunica y se hace sentir. En ellos emergen las heridas de las personas que los han habitado a lo largo del tiempo: la del trabajo, repleta de horas interminables en las que los sujetos se convierten en máquinas; la de la guerra, conformada por cientos de víctimas que abanderaron la lucha; la de género, llena de mujeres que sufrieron la injusticia, la persecución y el cercenamiento de sus derechos y libertades; la de la religión, origen de la culpa cristiana y herramienta de manipulación del pensamiento; y la de la salud, infligida mediante el engaño, la corrupción médica y la hegemonía de las farmacéuticas.

Todas ellas fueron perpetradas por primera vez hace siglos, pero permanecen abiertas y sin cicatrizar. Romina Rivero las reconoce y pone en evidencia su actualidad con la intención de generar conciencia y calmarlas.

 

En las imágenes, la artista cierra las heridas simbólicamente mediante un procedimiento de sutura quirúrgica, con máximo cuidado y respeto, dejando ver el espacio de detrás a través de una blonda –tributo al trabajo invisibilizado de las mujeres– que ennoblece las memorias contenidas. Sin embargo, la mejor forma de recuperar el equilibrio natural de los cuerpos es evitar la necesidad de ser curados. El principio Primum non nocere/Lo primero es cuidar ‒locución latina atribuida a Hipócrates‒ pone énfasis en la prevención y la preferencia de no actuar sin valorar antes los posibles efectos. Intervenir con operaciones o fármacos puede acarrear peores consecuencias que el desarrollo natural de una enfermedad. La generalidad de las prácticas médicas occidentales lleva a cabo unas estrategias que poco o nada tienen que ver con la salud real. Su forma de proceder es justo la contraria: primero operar, medicar, solventar, remendar, tapar un problema que se acabará enquistando o brotará de forma más virulenta al tiempo. Se trata de un discurso clínico basado en el poder, la normativización y el sometimiento de los cuerpos que se aleja de una praxis bioética. Por suerte, existen medicinas alternativas y filosofías de origen oriental que adquieren un peso incuestionable dentro de la exposición, ofreciendo otra salida posible.

En la obra de Romina Rivero, el sabio consejo que da título a la muestra se extiende al ámbito social y político para hacernos reflexionar sobre las problemáticas de nuestro presente. Hacer, trabajar, maximizar el tiempo es el mantra productivista que gobierna la época actual. Creemos haber superado la esclavitud de la fábrica, pero solo ha cambiado de forma. El control se ha trasladado de fuera adentro, del horario programado a la programación de las mentes.  Los niveles de autoexigencia y la prioridad de accionar sin descanso conducen a los cuerpos a la extenuación. En una sociedad que busca soluciones rápidas y fáciles, es lógico que la norma sea tratar el síntoma en lugar de la raíz del problema o que predominen los métodos agresivos frente a los propositivos. El proverbio Primum non nocere debería resonar en las cabezas de todos los individuos, especialmente en las de aquellos que perpetran la violencia. La invasión y el ataque son siempre vías hacia la pérdida: de vidas, de ética, de equilibrio, de naturaleza, de humanidad.  Carece de sentido ponerlos en práctica.

Dos instalaciones completan la exposición. Un grupo de corporalidades, suspendidas cual crisálidas en la sala central, sobrecogen con su presencia espiritual. Son aquellas que residieron los espacios disciplinarios; sus torsos han sido reparados –física y emocionalmente– y esperan un nuevo despertar. De larvas a mariposas, de ser fragmento a volar en libertad. El espacio de la cúpula se colma de inciensos rojos desplegados que remiten a las flores rojas (claveles, amapolas) usadas para recordar a los caídos y las caídas en combate. Su misión, al igual que en oriente, es honrar a los ancestros, pero también a las víctimas, con el objetivo de aliviar su campo energético. El aroma a naranjo amargo tiene la cualidad terapéutica de curar las tristezas más profundas del alma.

Romina Rivero invita al espectador a dejarse embriagar por el olor para reestablecer su equilibrio, porque las víctimas de las que habla no pertenecen solo al pasado: hoy seguimos sufriendo los efectos del panóptico contemporáneo y es necesario seguir sanando.

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